
Tuvo una vida terrible. Hija de padres solteros, fue violada a los diez años. Durante un tiempo se dedicó a la prostitución y en sus comienzos como cantante sufrió los efectos del racismo más cruel. Se refugió en el alcohol y en las drogas. Todos esos sinsabores son los que, probablemente, dan a su voz ese amargo tono sublime que en el terrible “Strange Fruit”(1939), una de sus mejores composiciones, llega a las cotas más altas.
Durante los años cuarenta y cincuenta, actuó con gran éxito en clubes de todo Estados Unidos, aunque su voz comenzó a deteriorarse como consecuencia de los excesos. En estos años grabó muchas canciones para los sellos del productor discográfico Norman Granz. En ellas, y acompañada de viejos amigos como Ben Webster, Harry Edison, Benny Carter o músicos más jóvenes como Oscar Peterson, recuperó la magia del pasado y en canciones como “Just One of Those Things” o “One for my Baby” hay una profundidad y un sentimiento que nadie ha igualado nunca. Murió en el Metropolitan Hospital de Nueva York, mientras estaba arrestada por posesión de estupefacientes, aunque hoy día parece haberse demostrado que fue víctima de una trampa siniestra.
Sólo en raras ocasiones cantó blues tradicional; no obstante, hizo que muchas canciones populares se convirtieran en piezas profundas y emotivas. Su autobiografía, Lady Sings the Blues (1956), inspiró en 1972 una película en la que Diana Ross, a pesar de su voz, sólo es una caricatura de lo que fue Lady Day
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